19/8/17

JARAIZ VI (Aleaciones)


Un poema siempre
está avivado.
El sol
en el agua cura.
Una luz se llena de otra,
y esa de otra,
hasta el negro
por el que entra el cuerpo
y el río con toda la luz vieja.

No se sabe que es,
ese no saber
es otra luz azul
del sol cortado en dos.

Nadie duerme en un poema.

Dale un beso a la nada.

El tiempo da vueltas
alrededor de la muerta.

Un ojo detrás de mi.
Nunca podré ver ese ojo.
Se cierra
como una noche en otra.

Palomas posadas en el mar.
Entro con miedo en una luz negra,
que es otra luz llena de mi.





(Primera carta)






Líneas para una red de misericordias y de iras. No sé tejerla, alzarla o coserla con el puntal. Rota como la vida, enmarañada, abandonada. Esto no es puro [no hay un ápice de pureza en esta escritura que se adelanta demasiado a lo que dice] por su acallamiento es pura en las mismas palabras que nadie   debería leer nunca en voz alta, levantando la voz sobre las semillas. Se cierra una puerta frente al mar. Rodeas la puerta, todo está abierto. Un marco de puerta para el viento negro. Cerrada a la nada se sostiene con las raíces, con las palabras y ramas de palabras que poda la otredad. ¿Verán la puerta? El mar se ve, el humo del cigarrillo se ve, mi mano al escribir se ve, pero lo otro no siempre aflora, y el ruido de la puerta me aparta del poema, y el poema vuelve en otro eco, en otra luz, en otro ruido del que se vuelve a apartar de mi como un desconocido que escribe en la arena. Hay un balcón a la niebla, alguien aparecerá un día saliendo entre las cortinas de la luz. Esto se dará en un día de niebla, nunca en un día claro. Pues no podrías seguir a alguien venido desde tan lejos. Aparecerá de allí, de aquel lugar de árboles velados y matorrales donde el aire se enreda. Posiblemente se sienta perdido o perdida, como tu o ellos –ya no digo nosotros- que lentamente levantamos piedras para saber, para ver –algunas veces hay debajo de ellas ese viejo día de sol, un condón de goma negra o una flor aplastada. Después con cuidado volvemos a dejarla como estaba, durmiente, dura, a punto de romperse. El decir a través del ver, y ver después del decir [mirar pájaros, animales, cosas, escondiéndote para que no te vean] Seto, tras el seto una casa blanca, si no me engaño, los árboles delante de la casa son un peral, una higuera y dos manzanos, si no me equivoco primero se debió levantar la casa y después ser plantados los árboles, menos las higuera, que por su tamaño con sus largos brazos ya ahorquillados para que no se doblen ya debía estar allí. Aún hay espacio para más árboles, y es posible que con el tiempo así sea. Ahora la fotografía debería deshacer esta imagen o conjunto de imágenes. Trascender, una tras otra la misma palabra pero en otras lenguas, como para pasar el cauce de este río saltando de piedra en piedra, forma de vado para no mojarse los pies. Sólo el ágil podría hacerlo sin mojarse y correr tras la abubilla, y tras ella ascender por aquella suave ladera hasta la cima llana donde hay un árbol ¿Quién lo llevó hasta allí? En los lugares más determinantes, más conjurados hay siempre un árbol, como si eligieran ser en el centro de algo. Dentro de poco todo esto estará iluminado, la luz lo llenará todo cayendo del cielo a la vez que brota de las cosas. Ciegos en el cenit del día iremos a tientas entre árboles y muros blancos. Sigue allí ese árbol que representa a todos los árboles. Elegir, saber, sentir como se desplaza el tiempo en la luz y como la luz transita y emana del tiempo, era lo que le comprometía con el mundo. Debía ser un hombre sereno y nervioso a la vez, sabe que la imagen se traiciona casi siempre así misma, y que desgastada por la propia luz, no emociona. Debía conmocionar para no emocionar. La luz que arde en el negro y reflecta el blanco, mientras uno absorbe el fuego el otro lo expulsa. Esto ocurría también en la poesía. Mientras unas palabras debían iluminarse en el centro de la oscuridad, otras, las que procuraban la invisibilidad, se convertían en luz, en claridad, en un escribir cegado el mundo. Una luz que debía ser absorbida por el negro. Seto verde y negro, bien cortado, donde el jardinero se ha olvidado de recoger los restos de la poda.



(Primeras vacaciones)





Tierra cuarteada, rastrojos, huesos azules de moluscos. [Se pudre la fruta de sus ojos en el sol] Incendiado el amen, la palabra que resume el mundo. Luz sofocante, un ángel muerto entra en ti por un riel frío y otro caliente. En el canto negro de un zorzal ermitaño se quema la noche.



(…)