24/6/17

El nadador, reseña de Angel Luis Luján



Miguel Ángel Curiel, El nadador. Badajoz, Editora Regional de Extremadura, 2016. 74 págs.

            El título de la última entrega de Miguel Ángel Curiel puede llevar a engaño al lector, que pensará que el poeta ha vuelto al ciclo del agua, que dejó cerrado con  El agua: poesía 2002-2012 (Tigres de papel, 2014), después de explorar la materialidad sólida y fragmentada de Astillas (Calambur, 2015). Sin embargo, El nadador, no es un libro acuático, ni siquiera es líquido, se trata de una escritura solar, traspasada en todo momento por la luz hiriente y definitiva de la revelación; un astro que no es el sol negro de la melancolía del que hablaba Nerval, aunque se haga algún guiño un tanto irreverente al autor francés: “Chiarezza negra, el sol es tonto” (p. 17).
            En cualquier caso, este sol preside, como gran parte de la escritura de Curiel, una práctica alquímica, pues por doquier encontramos la transformación de todo tipo de materia en luz, como la hierba que muere y se seca para ser encendida e iluminar (p. 12); e inevitablemente ello nos lleva a una lectura metapoética y autorreflexiva, pues la creación poética, se nos viene a decir, consiste precisamente en eso: en transmutar un material inerte y común, como es el del lenguaje y el de las vivencias cotidianas, en la luz reveladora del sentido o su reverso la paradoja.
Esto último queda claro cuando entendemos que, aunque la función del poema, como la del sol es quemar y dar luz (p. 13), no estamos, sin embargo, bajo el régimen de la lógica y la razón sino bajo el de una imaginación configurante y radical que actúa, de manera oscura, en un momento anterior a la expresión; la poesía está atrapada precisamente en la aporía de que el momento de la revelación es un simple ver de manera inmediata (p. 17), una visión pura que, cuando alcanza la expresión, ya ha perdido gran parte de su poder y su capacidad de arrojar luz sobre la experiencia. Es, en definitiva, el gran tema de la poesía de la modernidad, que Miguel Ángel Curiel ha sabido sintetizar sabiamente en esta suerte de aforismo: “un poema que no sale es una bendición” (p. 43).        
La mejor expresión de lo que digo la podemos encontrar en el poema que aparece en la página 60, para mí el mejor del libro y uno de los mejores de toda la trayectoria de Curiel. De hecho, podría servir de poética para su obra en conjunto, y desde luego, nos da la clave interpretativa del presente libro. Los versos se desenvuelven en torno al concepto de la “nada” y de la percepción de la realidad al alcance del poema. En la experiencia cotidiana la realidad es invisible, se esconde en la abrumadora multiplicidad de sus manifestaciones (“en la multitud / O en el río lleno de nadadores”), y solo se hace visible en “la nada del poema”, en el vaciamiento de experiencia que supone la escritura poética, en un proceso en cierto modo doloroso y siempre frustrante, pues lo que debía ser un “pararrayos / Que afilará la luz” se quedan solo en “espinas clavadas al papel”. La imagen de elevación “Casi puedo volar con la voz, / y ese casi es todo” (p. 26) revela, a su vez, ayudada por la paronomasia, esa aspiración siempre fallida, por cuya apertura de un espacio de fracaso (el casi) se alcanza paradójicamente la plenitud del sentido.
El poeta, por tanto, es un nadador en el sentido de que debe “hacer la nada” (fracasar) en su poema para que la realidad aparezca en todo su esplendor y atraer el rayo de la revelación. El poeta como creador de la nada es una imagen justa, original y paradójica en tanto que se opone a la tradicional idea del poeta como creador de mundos. En el mismo sentido va el gesto de “firmar en la nada” que aparece un poco después (p. 64), o la afirmación de que “toda poesía se escribe en la nieve” (p. 71), como figuración del vacío.
La paronomasia “nada”-“nadador” destapa otra serie de juegos homofónicos que aparecen por diversas zonas del poemario y que refuerzan esta lectura, además de mostrar que esa búsqueda de la nada se realiza por medio de la puesta en tensión del lenguaje: es necesario vaciar el lenguaje de su univocidad, que supone la proliferación y diferenciación de los significados, para unificarlo en palabras que se confundan y acaben diciendo todas lo mismo: un vacío pleno de potencialidades. Tenemos, en esta línea, la paronomasia “sol” y “sal”, que se repite en las páginas 29 y 44; la que encontramos en la página 63: “pon pena en el poema y te saldrá un pan”; o en la página 69: “Oir y huir es lo mismo”. Pero el calambur más poderoso y revelador lo encontramos hacia el final del libro “Nadie ha escrito helecho en un poema” (p. 71). Leído de manera literal resulta obviamente falso, pero leído como “el hecho” nos descubre una verdad: la realidad inmediata, el suceso en estado puro no entra en el poema, tiene que dejarse deshacer en el lenguaje, despojarse de su sentido y darse la vuelta para generar una palabra nueva que enuncia simultáneamente una falsedad palpable (pues alguien seguramente habrá escrito “helecho” en un poema) y la evidencia de que la nueva palabra, con su doble perfil, es la primera vez que se escribe.
Otra estrategia para descentrar el lenguaje es la inclusión casi constante de expresiones en otras lenguas, a veces mezcladas entre sí, que produce la sensación de una logomaquia en que el sentido naufraga.
            A la continua transformación del lenguaje corresponde o acompaña esa omnipresente movilidad y metamorfosis de la realidad, a la que aludía antes y que es tan característica de la poesía de Curiel. Hay un constante juego y contraste de colores y sensaciones, entre lo blanco y lo negro, lo ardiente y lo frío (el sol y la nieve, el sol y la sal), y sus transiciones, hasta el punto de desembocar, una vez más, en la imagen surrealista: “Si cierro los ojos veo cucarachas blancas en una cabeza de sol” (p. 15); o directamente en la paradoja: “el blanco de la sábana negro” (p. 25).
La identidad misma del poeta se ve transfigurada, a partir del signo lingüístico que lo identifica (su nombre), en la imagen del ángel: “Ángel me llamáis”, en una curiosa relectura invocatoria del “Ángel me dicen” de Ángel González (p. 26). Este ser, que aparece en otros poemas del autor, relacionado con lo blanco, la nieve, la harina y las sábanas, se presenta aquí como una reelaboración del mito de Ícaro: “con alas de papel / que se quemaban sobre mí” (p. 24). Se hacen visibles, entonces, todas las tensiones del hacer poético: la pureza de la palabra-poeta contra el sol que quema sus aspiraciones, pero que a la vez sirve para engendrar la nada en que la realidad se hace poema, una tensión irresoluble que tiene como salida el recurso a un nuevo mito solar: el del Áve Fénix que arde para resucitar. Quizá sea esa la lectura que debemos hacer del poema que se inicia precisamente con la mención de dos aves: “El charrán y el papialbo” (p. 67), y que se cierra con la constatación de que la realidad muerta (“Cortaron el viejo pino / de mi infancia”) solo sobrevive en la experiencia solar y abrasadora del poema: “y es ahora, / mientras lo arrastran / los cables de oro del sol…”.
El nadador, puesto bajo la advocación de los grandes poetas de la modernidad que han sabido llevar la intensidad hasta los límites donde Curiel la recibe y la trabaja para hacerse partícipe de esa herencia (Ungaretti, Dickinson, Celan), es un libro mayor, cuya lectura no se puede encerrar en estas palabras ni en ningunas otras que intenten comprenderlo, porque su esencia es vaciarse para que el lector asuma su plenitud, en una continua transformación que abarca al mundo, al lenguaje y sus paradójicas relaciones, distancias e identidades.
                                   

15/6/17

JARAIZ II, en construcción


.



Zeichnung von
Eugenia Ulmer Blaupot Ten Cate für
Walter Benjamín,
Undatiert.



En la luz del día
que avanza
luz sofocante.
Un ángel muerto
entra en ti
por un riel frío
y otro caliente.

La luz no
se ve en
el silbido azul del sol.

Cilma del Ávalo,
dentro
de la fruta verde.
Yendo hacia
el porvenir
el poema
es una cortina azul.
La he corrido
para ver.

(...)








13/6/17

JARAÍZ, en construcción










El poema
se escribe al sol,
se escribe solo
y te lleva
por la niebla.
Tu buscas
dentro de él
a ella, y así curar
sin abrir la vida.
Flor que
sale de la arena.
Me la como
para enfermar.
No sé como
se llama.
Nunca la vi.
Huele a soles
y es sólo
un poco de tiempo
en la boca.
Un río limpio
entra en uno sucio.
Incluso estoy solo
cuando canto
y el pájaro
no me ve.


(Cólquico)








La primera torcaz
y la última
curvan,
giran.
Ascensión de la vida,
círculo de la muerte
y zigzag
del todo.
Sólo, si ha de ser,
sería
la última
o la primera.
El mar no siente.
No hay flores
más que en las grietas.
Las entiendo,
no hay porque
abrirse.
Rota cuando
se rompa
¿ ?
en dos
como un sueño de verano
en un crack
de silencio.


()









El mar
con su grito azul
me ha abierto
un surco.
Un pasillo
de raíces
de mis propias
fibras
llenas de lugares.


()











“No juegues con las profundidades de otro”
Ludwig Wittgenstein


“Un largo puente/si lo cruzo/estaré en mi aldea natal.”
Nishiguchi Sachiko


Llanura para la expiación, la niebla rodea la casa, el barro al chopo, montículos de arena de los que sale mala hierba, charca quieta. Al solar antiguo le faltan los cipreses azules [poema vacío, vives más en el que en ti] la luz envuelve las cosas, hace que ardan por separado. Nos odia el sol. Nubes que lamen el fondo -su propio barro- con forma de perro, un gran pájaro azul se cae a trozos, Schrott. El buen poema rezuma y miente como este campo húmedo. De un hueso a veces sale una flor negra [putrefacción de los álamos] un reguero de agua une soles negros  y se lleva el mal. Ornitosis y psitacosis. Tu miedo es como el mío, hay un mimulus en tu frente. Si nieva sólo veo ceniza, pérola, ostra, gegen Licht, el poema se tensa hasta romperse, Sheishi contra Bascho. En la rama cortada se abren yemas azules, tief unten läst das Mühlrad, herz un Hirn erschauern. En los cardos estrujo el sol, manas así de mi, la vida me ha dado un poema agrio y yo le doy este. Lo vi en la cebolla de la que sale el álamo del miedo. Un pájaro golpeándose en las paredes negras de una casa en el aire; abierta como una flor muy grande se cerró a las otras que chillaban con alas azules. Si los montes se mueven, también el sol, un poco, lo suficiente para no morirse hoy. Ya sabes entrar en la luz negra por el ojo del ángel amarillo y salir de él por el pequeño pueblo que se defiende con sus ojos blancos. Hay que subir hasta el sol por una escalera de barro y luego bajar por el camino al río. Entre las raíces de calvinas flores como la silene tormentosa o las anomías con su azul perfecto. Ahora soy como un ciego que se quita espinas, y se las quita a los otros, la fila llega hasta el Saint-Victoire. Me he quemado la mano en el sol frío del agua, en el sol que brilla en el cubo de agua.


Se está apagando el mundo.


(Chatarra)














“Lo que el saber no sabe es lo que ocurre. Eso ocurre.
[arrive]”
“Un ver à soie”

Jacques Derrida


Se trataba de cambiar
en pañoleta un poema.
Retoño de brezo
en rama de acebuche.
Cólquico que sale de la frente.
Luz pura
con la que me purgo
junto a la acacia seca
que abraza el polvo.
La muerte me pone
otro nombre
sólo por anillar aves
al prolijo
amor a la beldad,
hasta que por su boca
entra el mundo
y el sol sin miedo.
De lo roto sale agua.
En unos días
habrá aquí
mucha hierba
y una alegría
que no sé
de donde sale.
Nom redire,
non lugere
neque destestari
le digo
a un ángel sin boca
entre negros
amarillos.
En los moluscos
es como se hiere
a sí mismo
lo duro
en lo blando.


(Pañoleta)


















El poema es inflexible,
intenta envolver
el mundo,
las ramas echan pelo.
Es mi páramo
[que pocas palabras da,
yo de él
sería yo]
al poema le da igual,
no sabe llorar.
-yo por ti,
el ti es bula.
Aún quieres entrar
en él-
Mirando el mar
te ensucias.
El poema te salva
de ti.
Le escupo al chopo,
él te conoce.
Así le quito dolor
al mundo.
La boca se abre al cielo
como un círculo negro.
Me como la llama azul.
Es beber y hay
más aura,
menos yo.

Te bendigo.


(Bendición)












Pincha la hierba,
da igual que sueñes.
La vida me dio
un poema agrio
y yo le di este.
Del verano
queda un hueso azul.
No sabría
como trabar
las ramas secas
en el nido,
el mismo poema agraz
que gira.
Como sudario un albornoz.
Él dijo
que como la almeja
en dos valvas,
se partía de ti
el otoño.


(Desnudo)













A Paloma Corrales


Celeste
acupuntura,
pinchazo
de estrellas.
Descuenta
los soles
y se descarta
del mundo.
De las manos
de este amigo muerto
bebo el cielo
para no oír
a la Vega
en la lira.
Poema pobre,
y lo será más,
un curso seco.
Recuento los chopos
en voz alta.
Al escribirlo
para dárselo
veo de nuevo
un álamo podrido
en el río seco.


(Acupuntura celeste)




















Salí a ver liebres,
ellas
tan últimas
corren para salvarse
de mi.
El que se va
por lo anegado
[tal vez]
lo agradezca.
Una luz me llama,
le hablo
y me habla,
nos decimos lo mismo.
Un poco de sal en el azúcar
sólo lo ve
quién perdona.
No digo saborear,
sino ver en el azul
arena negra,
cielo azul
mar amarillo
[intercala los colores]
cielo negro,
mar azul,
arena amarilla.
Nunca podrá ser azul la arena,
no entierra,
sólo cubre ramas azules,
conchas negras.


(Colores)













La escritura
y el arte
se necesitan.
Mal alimentados
se comen
la una a la otra.
El pájaro se purga
con cola de caballo.
¿Cómo puedo
hacer eso en mi
sin que me mate
el sol de la noche?
Trenza
la línea de lúpulo
al tallo
de un cáñamo
ondeante.
Espiral de aire
en el tubo
del amor,
como un poema
de Eugenia Amsel
a la vida.


Puedo azularte
si muero.


El secreto es el negro
que se raspa
para ver.


(Negro)











La luz de la muerte
pestañea
para llamar
a la vida.
Flores en el final de sí
para que haya más
allí y aquí.
El crespón negro
se lo come la cabra.
Mira el sol
y mastica
el mar amarillo.
Te quema
la lluvia.
No puedo mandar
ni mirar el mar.
Estás ahí,
en algún lugar
de la luz.
Es lo negro
que raspo para ver
los blancos.
(Tras ellos siempre
el siempre)
Lirio borracho
de lluvia,
como yo
de vida
y de lluvia.
Puedo azularlo
con la respiración.


(Estás ahí)










La leche
se corta bajo
la estrella negra,
es lo quemado por el sol.
Sal de ti,
todo se va,
hay piedras y luces.
Si piensas en ella,
sólo en ella
tendrás una vara.
[me lo contó,
y luego cortó
las palabras
con las que me
lo contó]
Antes de entrar
en el mar
esto,
ningún hombre
siente lo mismo,
todos sienten lo mismo,
todos vuelven.
Ropa negra y
zapatos en las piedras.
Pero no sé
para que quedará.


(Ropa tirada)




















El secreto es negro,
se ve en la luz
cuando en la luz
sólo se ve
la luz.
Lleno de líquidos
azules el mal.
Bendeciré
estas palabras
hasta que
sean la luz
de sí mismas,
en la ferida
abierta
del otro.
Qué vacío
queda todo
después
de un poema.
Cebollas
para el llanto,
escozor de ortigas.
Aguas estancadas
donde rezar
a la nada.
Boca seca.
Alamedas azules.
Aparécete en la niebla
vieja santa y cómeme.
Descuenta los soles.
Planté dos chopos
a un lado
y a otro del río.
Velas encendidas
para siempre.


(Rezo)









Ese negro o casi negro
deja un ojo abierto en el cuadro
por el que ve el ángel.
-Ahora os veis como sois-
Tu, en esa luz negra
una llama azul, como
de algodón bañado en alcohol
ardiendo en una nieve lejana.
El ojo es un hombre
que está desnudo,
detrás un mar verde.
No podrías descolgar eso.
Está así pintado
para que pese como el mundo,
y no puedas con ello.
Algo se hincha de ser
un poco más de lo que se puede.
Cuando se consuma
el alcohol del algodón
y muera la llama azul.


(Un cuadro de Ursula Ulmer)
















“Fuerza de autoborradura”
“Saber mantener en reserva lo que sería demasiado visible,
y callarlo, otra manera de velar, de velar su voz”

Jacques Derrida



Escarbar en la tierra
para ver el cielo.
Profunda lacra.
De profundis.
Lacra de mi en ti.
Un roedor de cielos
que no sabe a donde.
Se espinga en la nieve,
se la sacude, como el esqueleto
de una corneja
relleno de amenes.
El mal nos dio un poeta.
Flor de albizia
en la tumba.
Dormirse al lado y esperar.
Binado de palabras
está el mundo.
Interferido y binado.
Se equivoca de muerto el sol.
Se quema el ojo en el agua.
Los frutos se hinchan
de luz negra.
Las matas de eulalias
absorben la ira.

Este tiempo curvo y abisal
se gira hacia ti.
El sol no tiene culpa
por el árbol cargado
de miedo.
Los frutos aún,
aún siempre
en el aún
de la verde acidez.


El ángel
debe comérselos
en el siempre.


Absorción del mal
en tus palabras.
Lo ácido del poema es eso.
Le pueden decir
soy la luz, el muerto.
Así no entra tanto vicio.
El sol no cura.
Al poema le da igual la mierda,
no sabe llorar
[es lo que nos defiende
desde ti.
Sólo desde ti
de ti]


(A ti)