8/1/18

JARAIZ -segundo año- I


En la niebla misericordia azul. Un hombre buscando el sol entre las casas negras. Por muchas raíces que arranque se adensa. Él a unos metros de ti, girando te ve. Es lo que ve un hombre. Que sea o no sea la piedra siempre esperamos su ojo. Piedra rota [casi] por el medio. Ella sola se rompió, ese crack nocturno en el que la cometa negra se ve al cruzar el sol azul. La dicha es un perro negro, no muy grande. La nieve lo cubre, su calor es un sol azul. Entra hasta muy dentro en el mundo, y no sabe salir del mundo. Casi habla [conmigo] sabe decir adiós. Entre las ovejas se ve muy bien a la dicha, Glückselig, las circunda y las agrupa en la línea del abismo para salvarlas. La que cae se desteje desde el sol al mar. Otra línea imaginaria es la muerte, y allí va la dicha.



(a Luis Miguel Rabanal)











Amo el frío
no la morna azul.
Al amanecer
los pájaros
abandonan
el cuerpo
por los ojos
azules.


Míralos irse
de ti
al sol.



(A primera hora del lunes)














Un hombre entra en el agua.
si traga la luz
o un sorbo
de cielo,
con los huesos del animal
hará música
no ruido.
Gran música contra él.
Da unas brazadas
hacia el reflejo
del sol.
Allí.

Ya ha llegado
al sol.
Toda la esperanza
era eso.
No sentir frío
en el agua,
estar dentro del sol.
Ahora una caricatura
con lápiz azul,
líneas de cielo
sin decir que entre en uno
la máquina,
el paisaje,
la montaña,
el animal enloquecido
por el aire.



(Inmersiones celestes)







Vino de miedo.
El sorbo
es la lágrima azul.
Reissen
el nombre de una uva.
La espiga del odio chirría frío negro.
El sonido blanco
de la máquina
al acariciar
al enfermo
que se azula.

Llano de hondura
por el que el
correveidile
va
al caer nieve azul.



(…)










En el faro
ruje el viento.
Es rodeado
por el amor
y le escupe.

El mar le escupe,
y grita
desde el fondo blanco.

Que gire
la luz para todos.

El guiño negro
de la vida.



(Costa vicentina)












El ciprés inclinado
a 37º
el siempre vivo instante
[en]
el nunca entrevisto.
Año a año
se endereza
y alarga.
La sombra toca ya
el alma
o el animus.

No es lo mismo incendiar
lo quemado
con resquemor...


Lo áspero es la vivencia,
el más allá
de la vida.



(Cupressus sempervirens)






JARAÍZ -segundo año-


El río cruza el sueño,
pasa por la ceguera y las penas.

Entra y sale de la noche
por ojos rotos.

Veo esa luz de la muerte
en el cristal roto del tiempo.

Todos los soles que el mar come.
[Oblate]

Si veo un pez me lo como.
Si el sol amarillo orla al negro
me lo como.

Una piedra, me la como.

Para eso más luz, más nieve?
Son tantos los [soles]

Estallan los huesos de las palomas
al abrazar cosas muy altas y redondas.

Cierro los ojos y veo el ojo del sol.


(Admoniciones)








Tantas imágenes te hacen daño. Con un soplo no podrás apartarlas, y con un golpe en la mesa sacarlas del odio blanco. Menos peinando a un muerto con una concha, o tapándote los ojos con barro. Leí tu poema a través de la mirilla. Vi el rostro agrandado, era como la cabeza de un caballo. Va a luchar contra los perros silbando desde tus ojos.


Hago lumbre en casa ajena. Hay más yo-es que ellos. Yo sería la piña, ellos las ramas, el leño,  la piedad.


Abrí la puerta y no había nada [nadie] que cosiera las palabras]


(Soplos)







Iré [sólo]
al mar.
El mar lo está.

Lo miran para olvidarlo.

El miedo a escribir lo justo;
Litter es una palabra
fácil de partir,

de comer, de escupir.

Juego con una pelota,
tu con el mar.

El pájaro
que estalla en el sol
es mi nada.


(Iré sólo)









La verdad es un palo en la nieve. (Que sombra más limpia)
Una hoja de aliso gira como yo en ella.
Quito la nieve alrededor del palo y se queda en el aire. Cae hacia la luz.



(Nieve)










Cuando nieva salgo [otros han escrito de mi Schatten] Arranco la hierba que sobresale, el miedo. Miré más adentro. El sol tan abajo, y la luz subía para amar. Alguien mira desde allí, no te ve desde tan abajo. Soplo al sol para apagarlo. Me duele la luz, el cerrojo azul. En el agua se queman los ojos. En la nieve flores negras.


(Quinta carta)








En el bosque se está sólo con toda la familia. Tras el tufo de un animal muerto. Luz y azul en mi lengua están solas. Yo las junto. Nieva caro futuro. Los caminos están debajo. Los árboles guían. Como el poema te pierdes mío carísimo, y yo el sol tras el himen. Mi cuervo entra en el mar. Lo filma mi hija. Me filma, me alejo. El ojo es su enfermedad. La paloma  cortada en dos en el agua. De María del tiempo, negra por el color de la frente. Me han velado las velas, una caída se consume como una vida en nadie. Capas de nieve, Enttäuschung. Entre una y otra los días, las noches. Sin llegar al mar. Dios es más oscuro al ir, y le hablas de ti. Entre capas de nieve el miedo azul. Por las veces que llueve y nieva es mejor retraerse, mirar más lejos. Hablé con un arqueólogo de nieves, una tras otra las veces que he amado se posan en las capas de miedo. Es una oscuridad blanca el amor y la muerte. El angyal de Jaraíz se quema en la noche. Entré en una casa, el falso techo del poema. Arrecia, las ramas echan pelo.



(De excursión)








Vivo dentro de un huevo de amor. Se ve en el pozo el ojo del sol. No cojas nada del mar, -era esto lo que oía. No te prendas estrellas muertas. Se pudre la fruta de tus ojos en el sol. Un zorzal ermitaño se quema en la noche. Un ángel muerto. Se cierra una puerta frente al mar. Es el canto negro en tu sueño azul.



(…)
 






Una luz que debía ser absorbida por el negro.
Nadie duerme en un poema.

Dale un beso a la nada.
Entro con miedo en tu luz, en otra luz llena de mi.



(Primera carta)



24/12/17

Cartas a Carina Valente

Los chillidos del delfín
que traduce el ángel.
Todos los chillidos
de abejas y muertos,
de piedras y moluscos
debo traducírtelos.
Todos los soles
que el mar come
como hostias consagradas.
[que dicen tus palabras
sobre las mías]

Las cubres con chillidos azules.
Una pastora de miedos.
Soy tu enfermedad.


(Novena carta)






No te escribo cartas.
no sé escribir más que mi nombre.

Lo calco, no sé escribir mi nombre.

Lo calco
entre un cielo y un muerto.
Le escucho, dice bebe de sus ojos
de almendra mi vieja luz.

Hay líneas azules y negras,
es tu nombre
para hacer la red de mi sombra.

Calco mi amor con la luz del miedo.
Sube sol azul de tu nombre.

El álamo entra en ti.
El álamo es tu hijo.
Flota en el cielo el ahogado, se cae al mar
y lo mece como un muñeco oscuro.

Mis ojos mueren
como hojas de álamo,
caen de tu luz...


(Décima carta)

27/11/17

FÁBRICA DE LA SEDA: Crítica de Ángel Luis Lujan Atienza.


Miguel Ángel Curiel, Fábrica de la seda / Fabbrica della seta, edición bilingüe español-italiano, ilustraciones de Juan Carlos Mestre, traducción, prólogo y edición al cuidado de Paola Laskaris, epílogo de Emilio Silva Barrera, Madrid, El sastre de Apollinaire, 2017, 70 págs.







            Estamos ante una obra atípica en muchos sentidos: un libro de poesía sin versos, un testimonio sin testigos definidos, una sola voz en dos lenguas, unas mismas imágenes en dos medios (la palabra y la ilustración)… y podían seguir enumerándose las maravillosas excentricidades de este libro; excéntrico en el sentido literal de que no ocupa el centro, de que se coloca en unos márgenes incomodadores, como hace, en definitiva, la obra toda de Curiel; hasta el punto de que la parte que da título al libro ocupa hacia el final apenas 7 páginas, frente a las 39 que constituyen lo que, en justa lógica, debería ser el umbral del libro. Lógica que, justamente, salta por los aires en todos los niveles del discurso a partir de la elección misma del tema, fuera de toda razón: el horror de la guerra civil española y de todas las guerras al fin.

         Después de la introducción esclarecedora de Paola Laskaris, a la que se debe también la brillante traducción de los textos de Curiel al italiano, el volumen se divide en dos partes: “Golpes de sol” y “Fábrica de la seda”.

La primera parte, cuyo título está vinculado con el símbolo muy presente en la poesía del autor del sol no como una realidad positiva sino en su manifestación más aterradora de lo que calcina y ciega con la potencia de su luz, pretende mostrarnos el entramado de la obra, el envés del tapiz, aunque acaba imponiéndose como la otra cara de una moneda cuya efigie es solo la sombra de su proceso de acuñación.

         Esta primera parte es metapoética en varios sentidos. Nos presenta, en primer lugar, el germen del poema, nacido de una conversación con la traductora en una logia de Bari, lo que tiene una doble función: por una parte relativiza el pacto de ficcionalidad que se establece siempre en la literatura y por otra parte apunta al aserto benjamiano de que todo documento de cultura es un documento de barbarie.

         En un segundo nivel es metapoética porque no asistimos al poema como producto sino a su propio hacerse: la toma de decisiones, las vacilaciones en la elección de palabras e imágenes, la creación de los personajes, la reflexión sobre el valor y el alcance de la misma poesía que se está practicando.

Finalmente es metapoética en tanto que reflexión sobre cómo la palabra puede decir el horror, cómo llenar de palabras la memoria, palabras, no para olvidar, no para que suenen como música celestial sino para decir lo indecible.

De todo ello se desprende que la poesía no es más que la forma de huir del poema: “sin sacar los remos del agua huía de la misma manera que este poema huye del propio poema” (29), idea que se repite a lo largo del texto y que, aunque es una seña de identidad de la modernidad literaria, resulta especialmente pertinente y alcanza toda su profunda verdad en un texto que busca decir una realidad (la desaparición, el exterminio) a la que la palabra y la tradición no pueden dar alcance.

Por esta idea de fuga y por el torrente verbal, sin separación en párrafos, que supone esta primera parte, hasta casi dejar sin respiración al lector, el poema se aproxima, aunque quizá no lo busque como referente explícito, al gran poema en prosa de Juan Ramón Jiménez en el que también el espacio poético sirve de sutura para diversos tiempos y diversos conflictos. Si en el de Moguer es el espacio abierto de Florida el que propicia el surgimiento de la fuga verbal, en Curiel la metáfora espacial que organiza esta primera parte es la de la entrada, formando un pórtico que se convierte en estancia. El constante fluir de imágenes, reflexiones y personajes corresponde igualmente a esta lógica de la entrada de la que apenas se vislumbra salida, pues todo, incluso el lector, queda atrapado en esa fuerza centrípeta de la palabra, pero con la conciencia de que a la vez somos expulsados hacia algo tan real como la muerte y la destrucción.

Equilibrio inestable que se resuelve en la confesión de la inutilidad de la poesía con una fórmula que no obstante nos conduce al poder de lo simbólico, que es capaz de crear conciencia en otro nivel: “La poesía es tan impotente como frágil para arreglar las cuentas, el amarillo lleva al negro” (33).

         Este portal metapoético, que es estancia como digo, constituye la parte reflexiva en torno a la segunda parte, que da título al libro, que sería el canto, la parte lírica, cargada de imágenes mucho más impactantes como la que cierra el texto: el hombre fusilado que hace música por los agujeros de sus heridas como cuando se toca una flauta. Muestra nuevamente de que el plano simbólico (el de la palabra que va más allá de la poesía) tiene el poder de mostrar y a la vez de redimir la realidad más dura.

         Si la primera parte utiliza la imagen de la puerta y del tránsito (también en su estructura), la Fábrica de la seda opta por la imagen no menos evanescente y en fuga del agua y por el vapor: la niebla y seda, vistos ambos como elementos aéreos, se asimilan en un juego de transparencias y opacidades, mimetizando la función de la palabra poética, que confunde los significantes y los conceptos para hacer aflorar la realidad analógica que gobierna cualquier discurso sobre la realidad.

         El volumen se cierra con unas emotivas y reivindicativas palabras de Emilio Silva Barrera, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, a propósito de la infamia que supuso la muerte y “enterramiento” de Lorca y su memoria, como símbolo de la desaparición masiva y el masivo olvido que siguió a la Guerra Civil.

         Y no hay que olvidar la parte de la ilustración, a cargo del también poeta Juan Carlos Mestre, que no solo acompaña e interpreta los textos sino que aporta además la dimensión gráfica de una realidad-símbolo en que la magia de los colores, que reproducen los tonos de la bandera republicana, sitúan al lector entre lo inquietante y la esperanza.

         Por todo ello, Fábrica de la seda es un libro impactante que vuelve a traer al debate el aserto de Adorno sobre la imposibilidad de hacer poesía después de Auschwitz para demostrar que, en cualquier caso, el pensador alemán se refería solamente a la poesía que es celebración y canto (lo que calificaríamos de lírica pura); y eso es lo que viene a poner en claro la poesía de Curiel: el tiempo y la experiencia del horror abre a la palabra el territorio de la conciencia que queda más allá de la poesía como pura forma estética, de manera que el desafío de toda poesía contemporánea es deshacerse del mito del poeta creador individual para elevarse a la producción de una humanidad que se reconozca en la palabra que se convierte en memoria y redención.



Ángel Luis Luján Atienza




  • Miguel Á
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